DE INDIOS, CACIQUES Y PÁJAROS

Óscar Fidel González Mendívil

AGUASCALIENTES, Ags., lunes 21 de marzo de 2016.- Dicen los que saben que cuando los españoles iniciaron la conquista de las Antillas y Tenochtitlan, llamaron cacique a cuanto indio había que estaba en posición de mandar a otros indios, aún y cuando fuera un funcionario menor desde el punto de vista de los pueblos sometidos.

Así, por cada pueblo de indios existía un cacique con dignidades y privilegios que, por ejemplo, lo exentaban de prestar servicio a los españoles y además, le permitían seguir cobrando los tributos que los indios pagaban desde la época de los aztecas, con los cuales se quedaba.

Además de la dignidad y territorio del cacique, se empezó a llamar cacicazgo a esa forma de ejercer el poder político con abusos y en perjuicio de los gobernados. El cacique pasó a ser un jefe local cuyo gobierno se caracteriza por la arbitrariedad y la violencia, rodeado de parientes y compadres, interesados todos en acumular riquezas y perpetuarse en el poder.

El cacicazgo recuerda a las formas rurales sicilianas de organización social que darán lugar a la mafia, y por supuesto, se entremezcla con los vínculos de familia y amistad que se forman, y después se deforman, en las zonas serranas de Sinaloa. Por eso no es raro que ambas estructuras sociales tengan vasos comunicantes.

Por supuesto que para que el cacique opere, necesita hacerlo acompañado de corrupción e impunidad. Para ello se vale de una red de personas que inicia en su círculo cercano de parientes y amigos, y se extiende hasta donde las complicidades compradas con dinero lo permitan.

La red corruptora de cuates sirve para garantizar la impunidad, y ambos son el manto que cobija al cacique. Cuando la cultura caciquil se filtra a la política, la búsqueda y el ejercicio del poder son un medio para acumular riquezas e influencia. Y a la política también se llega acompañado de amigos y familiares.

Parece que es relativamente sencillo identificar al cacicazgo, pero no tanto sustraerse de su influencia. La red de “compas” tiene cuates también y no en pocas ocasiones se mezcla con nuestros propios vínculos sociales. Todos estamos al alcance, todos somos corruptibles, pero no todos somos corruptos.

Cuando un gobierno caciquil queda a cargo de procurar justicia, no sabe cómo hacerlo. No puede combatir al delito porque no entiende cómo confrontar a quien tanto se le parece. En cambio sabe muy bien cómo acercarse a otras estructuras para negociar beneficios mutuos. Tal vez por eso el discurso de un gobierno caciquil no se articula sobre el principio de legalidad sino en el de transigir.

Supongamos que el cacique, debido a las atribuciones legales, está obligado a investigar y perseguir a los criminales. En este caso, no sería raro que designara al frente o dentro de las estructuras a cargo de aplicar la ley a una persona con la cual los grupos delictivos puedan pactar.

Esta persona debe ser leal al cacique, sea por vía de intereses mutuos, vínculos familiares o sobornos, y además debe tener vínculos, o al menos posibilidades de comunicarse con la organización criminal. Por eso no puede darse el lujo de ser una blanca paloma.

Pero mientras el cacicazgo es eficiente para operar en la corrupción, se atraganta cuando el reclamo social le exige cumplir con el estado de derecho. Un aparato diseñado para administrar la delincuencia y no para combatirla es incapaz de brindar verdadera seguridad a sus ciudadanos. Cuando mucho aspira a vender la ilusión de tranquilidad.

Y las ilusiones se desvanecen. La realidad es terca y termina por destruirlas. Los vendedores de espejismos finalmente son acorralados por la comunidad para recordarles que los cadáveres son más fuertes que sus imágenes de humo.

El cacique es una figura incompatible con el ideal democrático del país. Su cultura es un cáncer que corrompe el tejido social. Pero los esfuerzos por erradicarla no tendrán éxito si sólo esperamos que sean encabezados por el gobierno.

La única garantía que necesitas para combatir el cacicazgo no son las promesas o los discursos políticos paisano, sino tu compromiso para enseñarle a tus hijos que la ley no es el refugio de los imbéciles o los débiles, sino el principio que debe regir la convivencia social, como dice la constitución sinaloense.

Ya sabes paisana que después de esas blancas palomas vienen los cuervos y los zopilotes. En Guerrero, Michoacán, Sinaloa, Tamaulipas, la carroña sigue atrayendo a los pájaros. ¿Hasta cuándo?

 

*) Publicado el 2 noviembre de 2014 en el periódico Ríodoce y reproducido aquí con autorización del autor.

 

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