COSA DE PRENSA

 

 

  • Ricardo Alemán y el poder
  • Las críticas a nadie gustan
  • Enjuician al periodismo crítico

 

Javier Rodríguez Lozano

 

AGUASCALIENTES, Ags., martes 8 de mayo de 2018.- Se dice que el poder político no es un traje para dejarlo en el clóset ni los fines de semana, más allá de las propiedades que tiene también, contrarias a la pasiflora y al prozac, que obnubila a los inteligentes y enloquece a los pende…ncieros. Así lo ha dicho muchas veces en sus columnas el periodista Ricardo Alemán, reportero de la vieja guardia –a la que pertenecemos- que lo mismo ha criticado a un partido político que a otro, y a los demás también… Y por supuesto, no es la primera vez que se halla en el ojo del huracán, a mucha gente no han gustado sus críticas. La crítica periodística (no la de las redes sociales, irresponsable, ingenua y ocurrente) es la materia prima tan indispensable al periodismo universal como el oxígeno a los pulmones olímpicos y la democracia a los pueblos libres; sin ella, sin la crítica, no hay periodismo, ni vida, ni libertad. Y hay que aceptar que la mexicana no es una sociedad que en su historia se distinga por la tolerancia a la crítica. Ya desde la Colonia se criticaban las alcabalas para los mercaderes, una suerte de impuesto del virrey para el Rey, como el diezmo de los feligreses para la Iglesia. No todas las críticas tenían la suerte de las de, por ejemplo, Joaquín Fernández de Lizardi en El periquillo sarniento, que en opinión de Fernando Savater aparecían hasta digeribles: “En el fondo, los malos y malditos de esta novela contribuyen a divertirnos y entretenernos”. Pero en 1817, a 46 años de la Proclamación de Emancipación de la Esclavitud de Abraham Lincoln, en La Nueva España no gustó la crítica de Fernández de Lizardi al comercio humano… Y bueno, a Álvaro Obregón tampoco le gustó la crítica y solía acallarla con “cañonazos de 50 mil pesos”, práctica que continuaron todos los demás presidentes y actualmente son cascadas y ríos de dineros públicos los que el poder político utiliza para silenciarla. Y en esta materia es materialmente imposible que alguien tire la primera piedra… A quien esto escribe no le indignó tanto, porque conoce de las intrigas contra el periodismo crítico, como a Ricardo Alemán, en aquella parte de 1988 en que arribamos a Guadalajara en la campaña de Manuel J. Clouthier. Un medio local mal informado, publicaría que los reporteros que cubríamos al candidato presidencial del PAN habíamos recibido un chayo del gobierno del estado, encabezado entonces por Enrique Álvarez del Castillo. Ricardo Alemán se indignó publicó la versión de su desmentido. Nosotros dejamos correr el circo, desde entonces no nos clavamos ni en las redes sociales… Solamente el periodista que escribe todos los días, que emite un día con otro a través de la palabra escrita o hablada, una opinión sobre cualesquiera escenarios de la vida estrictamente pública y de interés general, sabemos lo difícil que es cuidar lo que decimos. El maestro Manuel Buendía enrojecía con anécdotas como la del Bobo Lozano, un reportero de Excélsior que en sus años de inicio lo enviaron a la conmemoración de una Día de la Marina al puerto de Veracruz, y por la noche se reportó con su jefe de información, nuestro paisano don Luis de Cervantes, para disculparse no haber enviado la nota antes, porque la ceremonia se había suspendido debido al hundimiento de un barco frente las costas jarochas, de ahí aquel apodo. Y tratándose de la crítica política Manuel Buendía decía que todo se podía decir, sabiéndolo decir. El problema, cualquiera que sea para el periodista, se presenta cuando nos desconcentramos al decir algo y ahí es donde la marrana tuerce el rabo.

LA COSA ES QUE…

Un periodista de primer nivel, como lo es Ricardo Alemán, cuida muy bien lo que dice –nosotros somos igual de escrupulosos, porque estamos conscientes de nuestra enorme responsabilidad social- sin embargo, no estamos exentos de un descuido: Alemán leyó un twit que alguien escribió, incitando a la violencia, y se le hizo fácil retwuitearlo, fue imprudente pero nada más. Enjuiciarlo es un insulto al periodismo crítico; qué tal.

 

 

 

 

 

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