Los Lavaderos/ LA DESMEMORIA CONVENIENTE

Los Lavaderos/ LA DESMEMORIA CONVENIENTE

Carlos Ferreyra Carrasco

CIUDAD DE MÉXICO, martes 4 de julio del 2017.-No se trata precisamente de desmemoria, tampoco de memoria selectiva, sino de memoria conveniente. Eso es lo que están usando críticos y defensores de “La Jornada” que evaden por todos los medios recordar la génesis de ese diario, producto de otro despojo a periodistas. Nada nuevo, pues.
En este México de mis pecados nunca es tiempo para hacer malos recuentos. En este caso, empero, resulta necesario ante la bola de falacias y de los tallados de rostro para limpiarse la mugre que lucen desde hace décadas.
Una aclaración necesaria, nunca la desaparición de un medio significó absolutamente nada para el resto de la sociedad. El caso emblemático, cuando desapareció “Excélsior” en manos de Regino Díaz Redondo y su banda de asaltantes de camino real.
Dejemos eso aparte. Tras la aparición de “Unomásuno” y la creación de formas novedosas de presentar la información, de reportear e incluso de elaborar un medio de fácil manejo, varios años trabajamos con la convicción plena de que conformábamos una empresa cooperativa de la que los trabajadores éramos dueños y en la que no había candados ni límites como existían en el diario de Julio Scherer.
Todo bien, hasta que nos enteramos que paralelamente se había creado, por Manuel Becerra Acosta, claro, una empresa paralela, sociedad anónima que se apropió del cabezal y de las instalaciones. Para los trabajadores quedaba el romanticismo de laborar “cooperativamente”, pero sin nada tangible. Las asambleas de la cooperativa eran dirigidas por Manuel, impositivo, en muchas ocasiones majadero con los reporteros, acompañado de Héctor Aguilar Camín quien era su seguidor más fiel, su can cerbero.
No enteramos que Carmen Lira, que convocó a una asamblea para decidir si seguía siendo cooperativa o se optaba por un sindicato, estaba en la nómina empresarial y era miembro del Consejo de Administración de la misma. Carlos Payán, segundo de a bordo de “Unomásuno”, nadaba de a muertito, pero como el titiritero atrás de la Lira.
A la voz de alerta de un compañero, regresé de Brasil, arrastrando maletas, para participar en la asamblea. Allí había un bien concertado coro formado por militantes del entonces existente PCM. A todo lo que proponían Lira o Luis Gutiérrez como es usual, se desgranaban en aplauso y a todo lo que cuestionaba, lo enterraban en gritos y ululaban como coyotes en celo.
El principal cuestionador fui yo. Pero brevemente porque pronto me sacaron de toda jugada y de hecho del salón. Mi pregunta, cuando Lira y Gutiérrez pugnaban por el sindicato: por qué debía sindicalizarme si era codueño. Y por qué debería dejar mi calidad de propietario para conformar un organismo de defensa obrera.
La respuesta, con tono de dolorosa, a cargo de Lira: Compañero Ferreyra, con su historial revolucionario (exageró, claro) con su larga militancia en la prensa cubana, usted mejor que nadie sabe que un sindicato es la mejor manera de garantizar los derechos de los trabajadores. No se entiende su oposición que sólo lo llevará a perder su prestigio como hombre de izquierda.
Con la intención de no seguir la discusión, vista la claque presente en la que destacaban muy notoriamente una niña de apellido Margain y Petrich a quien tenía en ese entonces un afecto muy particular.
Expliqué que no sería un pasquín como “Unomásuno” el que pudiese borrar una historia de vida. Y que por lo demás me importaba un soberano pito lo que pensaran, que me importaba la opinión que de mi persona tuviesen mis allegados, mi familia mis hijos y si querían un sindicato, púes adelante que ya tendrán tiempo de lamentarse.
Agregué que mi experiencia sindical en país socialista significaba la cogestión con la empresa y las tareas de formación, capacitación, seguridad, salud, educación y cuidado de los descendientes, pero no había necesidad de defenderse del patrón. El tiempo del sindicato se ocupaba en tareas positivas.
Aproveché para mencionar la calidad empresarial de la señora Lira, lo que se consideró difamatorio en ese momento. Creo que media hora después todo mundo tenía conocimiento del doble papel de quien era de hecho representante de los intereses de Becerra Acosta que terminó por apropiarse totalmente del periódico.
Los perjudicados, en este caso, fueron los reporteros. Liquidados con escasos bonos que correspondían a su teórica aportación para formar la cooperativa y algún suplemento que correspondería a los beneficios repartibles.
Hubo quienes se defendieron, yo entre otros, que recibieron una cifra estimable. Pero se trató de intervenciones jurídicas, amenaza de demandas judiciales y más. En mi caso, Guillermo “El Diablo” Ibarra intervino con el administrador, al que explicó las medidas legales que se irían adoptando, porque había apropiamiento de un enganche para la adquisición de una casa, de la que el periódico se deslindó informando que los constructores se habían fugado a España lo que era cierto.
Los demás debieron conformarse con centavitos y hubo quienes, necios, se negaron a entregar su certificado. Ignoro qué pasó con ellos. La historia es larga, porque dentro de este cochinero al no haber un reparto apropiado del botín, Payán y Lira decidieron largarse con su orquesta a otra parte, pero no antes de sacarle fondos a Becerra para el nuevo periódico.
carlos_ferreyra _carrasco@hotmail.com

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