DE MEMORIA

DE MEMORIA

LOS ENREDOS DE LA GASOLINA…

Carlos Ferreyra Carrasco

 

CIUDAD DE MÉXICO, miércoles 9 enero 2019.- El rollo del huachicol, de las tenebrosidades entre funcionarios de Pemex, ladrones y gasolineros, es de tal magnitud que podríamos equipararlo a las organizaciones del narcotráfico. No es exageración, existen empresas en manos de funcionarios menores de la petrolera, y en mandos mayores del sindicato dedicadas a este tráfico ilegal. Los ladrones, a su vez, como operadores y vendedores del resultado de estas prácticas que se remontan a décadas atrás.
Veamos: cuando existía la Dirección Nacional de Caminos, a cargo de la construcción de carreteras, se establecían campamentos a lo largo de la obra. En cada sitio había tanques con gasolina surtida mediante pipas que se enviaban a la instalación más cercana de Pemex.
En Cuatro Caminos, durante la construcción de la carretera a Villahermosa, Tabasco, había un encargado de la pipa del que personalmente era amigo. Lo acompañaba a Coatzacoalcos para rellenar el camión y llevarlo al campamento.
El carro tanque se llenaba con cierta cantidad menos. Antes de regresar al campamento, íbamos a la playa donde el camión se asoleaba lo suficiente para permitir que el volumen del líquido creciera. Lo que no se había surtido se repartía económicamente entre el chofer y los despachadores.
En gasolineras de la zona metropolitana del DF, quienes estaban autorizados para usar sus propios vehículos y surtirse del combustible en los centros de distribución de Pemex, estaban advertidos de que cada tanque llevaría 300 litros menos de lo que el empresario compraba. Era lo que llamaban “la merma” que no es tal porque esa expresión se refiere a pérdida y en este caso era robo.
En un pueblo quince minutos antes de llegar a Morelia procedente de la autopista o de la zona sur de Guanajuato, había una solitaria gasolinera que en fechas no lejanas fue acompañada por otra que situaron exactamente enfrente, del otro lado de la carretera.
Un día aparecieron en el poblado jóvenes montados en espectaculares camionetas Lobo y Hummer. Ellos, de pie y luciendo armas largas mientras paseaban arriba, abajo.
Un día los jóvenes que eran cercanos al presidente municipal, posteriormente detenido por narco, se apersonaron en ambas gasolineras. En una se ignora qué pasó porque una noche, de la nada, se incendió; la otra, en manos de un empresario muy formal y sobre todo decente, ordenó a su encargado que escuchara las pretensiones de los pistoleros.
La opción era tan simple que no se podía dar crédito: 15 mil pesos mensuales de renta o gasolina gratis para sus vehículos. El empresario, con buen juicio prefirió vender la gasolinera a la que ya se habían acercado con otra propuesta: acudir a Uruapan a una oficina plenamente identificada y allí negociar la adquisición de gasolina a menor precio.
El dueño de las instalaciones argumentó que Pemex tenía control sobre venta y facturación, así que meter combustible de contrabando significaría la pérdida de la concesión y un delito castigado con cárcel y pena económica. Le respondieron que todo estaba bajo control.
Y sí, días después un par de sujetos que tenían el cargo de inspectores o algo parecido, se apersonaron para negociar la adquisición de la gasolinera. Los sujetos eran los responsables de cuidar que se vendiera lo mismo que se compraba a Pemex y que no había posible combustible robado.
Se vendió el negocio a los empleados de Pemex que seguramente son propietarios de otros parecidos o cercanos, aunque se presume que son, de hecho, prestanombres. Adquieren la concesión, las instalaciones y las entregan a quien puso el dinero para la compra.
Tradicionalmente las concesiones se tramitaban mediante una serie de permisos que consideraban incluso al municipio, los responsables de toda suerte de seguridades y de responsables de la salud pública. Los pretendientes a la apertura de una gasolinera debían pasar estos y otros trámites no especificados, pero que generalmente derivaban en la entrega de una cantidad determinada “para obra pública” nunca especificada y debía ser en efectivo.
En otra forma el trámite se atoraba, vencía el plazo para obtener el aval de Pemex y con media construcción levantada, simplemente todo era pérdida para el empresario. Hoy ya no. Llegaron las grandes firmas de las llamadas Siete Hermanas y ya podemos ver por todo el territorio nacional las siglas Shell, Chevron, British Petroleum (BP), Mobil y otras más.
Ya no hay problema: se compran las ya instaladas o se asocian con los negociantes locales. En esa forma pueden anunciar la apertura de medio centenar de nuevos expendios. Y usar sus propias fuentes de abastecimiento incluyendo ductos y transportes carreteros.
Sobre el huachicol, tenemos dos años denunciándolo, mostrando las fotos del principal ladrón del brazo con el gobernador Moreno Valle y reportando los alzamientos de pueblos enteros en defensa de lo que reclaman como “el petróleo es nuestro”. Hasta ahora fue de quienes administraban la institución y de los gerifaltes sindicales.
En tanto no se les toquen sus intereses económicos a los traficantes, no se podrá acabar con esta práctica. Dejarlos en la miseria sería una solución que les impediría inclusive usar armas legales para la apropiación de lo que nos escrituró el Diablo, según el poeta.

carlos_ferreyra_carrasco@hotmail.com

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